Tras un primer intento cancelado por mal clima, el cohete New Glenn de Blue Origin, propiedad del empresario Jeff Bezos, se prepara para realizar una de las misiones más ambiciosas de la NASA: ESCAPADE, un proyecto que busca descifrar cómo Marte perdió su atmósfera hace miles de millones de años y, al mismo tiempo, demostrar que la exploración interplanetaria puede hacerse a bajo costo.
El lanzamiento, reprogramado para el 12 de noviembre desde Cabo Cañaveral, marcará un momento clave tanto para la NASA como para Blue Origin. A bordo viajarán dos pequeñas naves gemelas, denominadas Blue y Gold, que funcionarán como laboratorios espaciales capaces de medir la interacción entre el viento solar y la atmósfera marciana.
A diferencia de las misiones tradicionales —que pueden superar los 600 millones de dólares—, ESCAPADE fue desarrollada con un presupuesto menor a 80 millones, lo que la convierte en un modelo de eficiencia científica y tecnológica.
El plan de vuelo también rompe esquemas. En lugar de aprovechar la clásica “ventana marciana”, las sondas viajarán primero al Punto de Lagrange L2, a 1.5 millones de kilómetros de la Tierra, donde permanecerán cerca de un año antes de iniciar su trayectoria definitiva hacia Marte. Su llegada está prevista para septiembre de 2027.
El New Glenn, de 98 metros de altura, buscará además recuperar su primera etapa en el Atlántico, una maniobra que consolidaría a Blue Origin como competidor directo de SpaceX en el sector de lanzadores reutilizables.
Para la NASA, ESCAPADE representa un cambio de paradigma: priorizar misiones pequeñas, modulares y colaborativas, capaces de generar grandes descubrimientos sin depender de presupuestos colosales.
“Estamos haciendo ciencia al nivel de proyectos que cuestan cientos de millones, pero con una fracción del costo”, explicó Jeff Parker, director de tecnología de Advanced Space, empresa a cargo del sistema de navegación.
Más allá del desafío tecnológico, la misión podría ofrecer claves sobre el pasado —y el futuro— de los planetas habitables. En palabras de los científicos de la NASA, entender cómo Marte se transformó en un desierto helado ayudará a anticipar el destino de otros mundos… quizá incluso el nuestro.
